jueves, 5 de diciembre de 2013

RICITOS DE ORO por Isabel Galán
Ilustrado por Andrea Lara



É rase una vez, una niña extranjera de unos siete años, de piel pálida, bajita, ojos grandes y azules, nariz pequeña y pelo rizoso y rubio que se había perdido en Avilés. Llevaba puesto un vestido largo de color azul clarito y unas botas de agua de color naranja fosforito. Tenía mucha hambre, sed y sueño y no llevaba ni una moneda. Vio la iglesia vieja de Sabugo y decidió entrar. No había nadie y abrió un pequeño armario dorado al fondo de la iglesia en donde había una especie de galletas redondas y pequeñas y una copa plateada con vino. Se tomó el vino y las galletas. Después, en uno de los bancos de la iglesia, se durmió.
      Más tarde, llegaron un cura y dos monaguillos. Uno era bajito y calvo, el segundo era de mediana estatura y pelo corto y castaño y el último era el más alto, con pelo corto y pelirrojo y con gafas. Todos llevaban unas túnicas blancas, con un cordón gordo de color rojo marcando la cintura. Éstos despertaron a la niña que se encontraba borracha y la echaron de la iglesia porque iba a empezar una misa. En la misa, cuando el cura iba a sacar el pan y el vino, no había y con cara decepcionada les dijo a las personas que allí estaban que ese día no podían dar el pan y el vino. En la puerta de la iglesia estaba la niña riéndose de lo que acababa de ver en la iglesia.

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