E ra día de Nochebuena, hacía mucho frío, las calles de la ciudad estaban iluminadas por guirnaldas de colores y los árboles estaban adornados por grandes bolas. Había mucha gente paseando, los niños patinaban sobre la nieve, otros hacían muñecos, se tiraban bolas de hielo y reían y reían. Todos estaban bien abrigados, contentos porque en un rato se juntaría toda la familia para cenar un gran manjar alrededor de una bonita chimenea y luego cantarían villancicos todos unidos.
Muy cerca de ellos, en una esquina de la calle había un padre, una madre y sus dos hijos. Estaban a la intemperie, helados, casi sin ropa, con los playeros rotos, muertos de hambre y tapados por unos cartones que esa noche tan especial sería su techo. Pedían ayuda, algo para comer, ropa para no pasar tanto frío... pero casi nadie los veía ni oía. Los niños lloraban, no tendrían ni un pequeño regalo estas navidades, ni un trozo de pan para llevar a la boca.
Poco a poco fueron quedándose solos en la calle, cada vez más tristes y de repente algo muy, muy grande e iluminado se acercó a ellos. Era un gigante que venía a ofrecerles su casa, su comida y sus mantas. La familia no se lo podía creer, pensaron que era un bonito sueño, pero no era así, era real. El gigante abrió sus manos, ellos se subieron en ellas y así fueron hacia su casa. Como él era muy grande, y necesitaba comer mucho para llenar su estómago, esa noche comió un poco menos y repartió sus manjares de Nochebuena con ellos. Todos se lo pasaron genial, cantaron, bailaron y contaron cuentos alrededor del calor de la chimenea. Había caramelos, chocolate... y también un calcetín de regalo con una sorpresa dentro. El gigante les dijo a sus nuevos amigos que era su regalo de navidad y que no lo abriera hasta el día siguiente. La habitación del gigante tenía una cama enorme, hecha a su medida. Era tan generoso que se la dejó a sus pequeños amigos y como todavía sobraba un poquito, él se durmió a los pies de su enorme cama.
Al día siguiente no querían despertarse, tenían miedo de que todo fuera un sueño, pero era real y comprendieron que en el mundo hay gente buena, que nunca hay que perder la esperanza ni la ilusión por conseguir lo que se quiere. Al despertarse el gigante no estaba allí. Abrieron el calcetín y en él encontraron la llave de su nueva casa que era su regalo de Navidad.
Fue la mejor Nochebuena de sus vidas.
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