E n un reino muy lejano, nació la pequeña Rosa, hija de los reyes. Sus padres, conmocionados por su nacimiento celebraron una gran fiesta, a la que invitaron a todo el reino, incluidos los duendecillos mágicos del bosque, para que éstos, con sus poderes, obsequiaran con un regalo a la pequeña y la cuidaran y protegieran siempre. Pero sin querer, olvidaron invitar a la duendecilla más mala y rencorosa de todas que, llena de rabia, maldijo a la pequeña con su muerte al besar a un chico del que se enamoraría cuando cumpliese los 15 años. El último duendecillo que aún no le había dado su regalo dijo:
- No puedo deshacer el maleficio, pero si suavizarlo.
Con lo que anunció que la niña caería en un profundo sueño hasta que se pinchase con el huso de un hilar mágico, escondido en un lugar secreto. Desde ese mismo momento, comenzó la búsqueda del objeto mágico, sin resultado.
El día del decimoquinto cumpleaños de la joven, ésta salió a buscar flores para adornar la fiesta que daría por la noche cuando un chico, con la melena al viento y subido en un hermoso caballo, pasó galopando a su lado y le tiró al suelo. Los dos chicos se miraron y, entre ellos, saltó la chispa del amor. Mientras paseaban por el bosque la chica pensaba en el maleficio y en las veces que su padre le había avisado, pero el chico era tan guapo, y sus labios tan apetecibles que pensó, “bueno, no será tan difícil encontrar ese huso mágico, dormiré unos días y luego me despertarán.” Y, sin pensarlo más, beso al joven, que le devolvió el beso apasionadamente. Al instante los labios de Rosa se separaron de los de él, y ella se desplomó en el suelo, sumida en un profundo sueño. El chico, decidido a salvar a su amada, recorrió todo el reino en busca del huso. Un día, un hada salió de una flor y le ofreció un trato.
- Oye chico, yo sé dónde puedes conseguir lo que buscas.
- ¿Ah, sí? ¿Dónde?
- Tranquilo. Primero haremos un trato. Tú me consigues una cita con el duendecillo más apuesto y poderoso de todos y yo te diré dónde se esconde.
El joven corrió a buscar al duende que aceptó la oferta con tal de salvar a su querida Rosa.
- Muy bien, yo siempre cumplo mis promesas, aquí tienes el huso mágico. Sólo podrás pinchar a una sola persona con él, luego su magia se desvanecerá, así que ándate con cuidado.
En el camino al castillo, el joven se encontró con cientos de secuaces de la duendecilla malvada que intentaron pincharse con el huso para quitarle su magia, pero él los esquivo a todos. Cuando por fin llegó, Rosa estaba en la cama, parecía tan buena mientras dormía que se le pasó por la cabeza dejarla así para que no le diera guerra, pero se lo pensó dos veces y la pinchó con el huso. La chica abrió los ojos lentamente y al ver al chico, sus ojos se pusieron como platos.
- ¿Qué haces en mi habitación mientras duermo? ¡Descarado!. ¡Te odio, y no te quiero volver a ver en mi vida!
El joven, sin dar crédito a lo que oía, se alejó pensando, “pues sí que tenía que haberla dejado durmiendo. Ahora tengo el corazón partido.” Y llorando, se fue hacia su casa.