É rase una vez, una niña a la que todos llamaban Faldita Roja. Le ponían ese nombre porque siempre llevaba una falda roja de volantes que le había hecho su abuelita. Faldita, vivía en Madrid con sus padres, y su abuelita vivía al otro lado de la ciudad. Faldita, todos los domingos, visitaba a su abuela enferma y le llevaba pasteles. Y este no era un domingo diferente, así que la niña cogió su mochila, metió los pasteles y se puso de camino a casa de su abuelita. De camino, un joven hombre paró a Faldita y le preguntó:
-¿A dónde vas tan sola Faldita?
-A buscar la parada de metro más cercana para ir a ver a mi abuelita.
-¿Y porque no vas caminando? En menos de 15 minutos si giras a la izquierda al final de esta calle, llegaras allí.
-¡Oh, muchas gracias señor!
Faldita con el dinero que se ahorro del metro, aprovechó para comprarle un ramo de flores a su abuelita, después caminó y caminó y la casa de su abuelita no aparecía… Mientras, el hombre cogió el metro y en 5 minutos se plantó delante del portal de la anciana. Subió las escaleras, pico a la puerta y se coló en casa de la abuela. Mientras tanto, Faldita parecía desesperar en el intento de encontrar la casa de su abuela pero, finalmente, después de una hora, empezó a caminar por calles ya conocidas y, a los diez minutos, ya estaba allí, en el portal de su abuela. Subió y pico a la puerta, le abrió la que parecía su abuela, solo que su abuela no solía maquillarse y aquel día iba especialmente pintada con colores rojos, azules, morados, verdes… Faldita, que no era una niña desconfiada, pensó que su abuela estaría en alguna etapa de la vejez en la que le apetecía pintarse así que no le dijo nada…La abuela, volvió a la cama, y Faldita se sentó junto a ella:
-Abuelita, ¿te has comprado un móvil nuevo?
-Si niña, el otro estaba estropeado. Es para llamarte mejor.- la abuela parecía tener aquel día la voz algo más grave de lo normal, pero Faldita no le dijo nada.
-¿Y esas gafas abuela, son nuevas? Nunca te las había visto...
-No Faldita, me las regaló tu abuelo, son para verte mejor.
-¿Y todo ese pelo abue…?
-¡¡¡AYUDA!!!-esa parecía la voz real de su abuela.
Faldita se dio cuenta de que aquella no era su abuela, era ¡aquel hombre, el que le había dicho que fuera andando! La niña se asustó, pero recordó el cinturón verde que llevaba cada martes y jueves y decidió usarlo. Así que con una sencilla llave de judo bloqueó a aquel hombre que acabó pidiendo compasión. Después sacó a su amordazada abuelita del armario, llamó a la policía y merendaron pasteles.

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