viernes, 6 de diciembre de 2013

CAPERUCITA NEGRA por Andrea Lara
Ilustrado por Marta Menéndez



É rase una vez, una niña que vivía en el centro de una pequeña ciudad con sus padres y con su perro. Para sus 9 años no era ni muy alta ni muy baja, era una niña más. Le encantaba ir al colegio, sacaba muy buenas notas y su vida era completamente perfecta. Poco a poco se acercaba la Navidad, su época favorita del año. Pero su día preferido era el lunes. Parecerá raro, pero si su madre prepara ese día las galletas más ricas del mundo lo comprenderéis. Los lunes por la tarde, cuando está es su habitación haciendo los deberes, llega ese embriagador olor a galletas que hace que haga rápido los deberes para poder ir a coger alguna. Al llegar a la cocina, ve a su madre con el mandil manchado de harina, con aquella sonrisa, tarareando su canción favorita. Y en la mesa, aquellas galletas tan peculiares, tan redondeadas, con el toque de canela que le da su madre. Ella corre a coger una, y aunque su madre la avisa de que aún queman, decide cogerla, no se puede resistir. Al metérsela en la boca piensa que debería de haberle hecho caso a su madre. Al acabarla, coge otra más, le encantan. Se siente satisfecha y decide ir a ver un poco la televisión con su padre, ya que va a empezar su programa favorito. Pero su madre la llama, ya sabe lo que quiere. Coge su abrigo y agarra la bolsa con las galletas que le lleva, como cada semana, a su abuela. Definitivamente el lunes es su día favorito, al menos por ahora. Se sentía la niña más feliz del mundo.
      Pero un día fue diferente, un día todo cambió. Su casa dejaba de oler a galletas los lunes por la tarde. Ya no tenía que ir a casa de su abuela a llevarle nada, su madre ya no se ponía el mandil. Ya no tarareaba su canción favorita, ni siquiera sonreía, hasta parecía que había estado llorando. Ya no se daba prisa en terminar los deberes, su padre no aparecía casi nunca por casa, y hasta su perro estaba triste. No le gustaba nada aquella sensación. Quería volver a aquellos lunes, donde su casa era perfecta.
Termina los deberes, ya va siendo la hora de la cena. Decide ir a la cocina, la que antes transmitía alegría. Al llegar, su madre tiene la puerta entrecerrada. No la quiere molestar y decide escuchar acercándose a la puerta. Su madre está casi gritando, parece nerviosa. Solo repite una y otra vez, “es imposible, no puede ser”. Su madre cuelga y oye una respiración agitada, cada vez más. Ella está asustada y decide entrar. “¿Pasa algo mamá?”, dijo ella. Su madre al verla intentó relajarse. Se limitó a decir “no pasa nada, cariño” e inmediatamente la abrazó. Ese abrazo duró unos segundos, tal vez minutos, en los que nota que su madre llora en su hombro silenciosamente para que no se dé cuenta. No comprende nada y, al acabar ese abrazo tan duradero decide, como cada año, coger el catálogo de juguetes y rodear los que le quiere pedir a los Reyes Magos. Al ver a aquella niña tan ilusionada eligiendo sus regalos, a su madre se le parte el alma, pues no sabe si ni siquiera podrán celebrar las Navidades en su casa. Y es que, al fin y al cabo, sólo es una niña.

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