jueves, 12 de diciembre de 2013

EL BELLO DURMIENTE por Daniela Maudo
Ilustrado por Raquel Martínez



H Hace muchos años había un bello país gobernado por unos reyes muy queridos por su pueblo. Todos eran felices, menos los reyes, a los que les faltaba algo que deseaban de todo corazón: ¡Tener un hijo! Pero, por fin, los reyes tuvieron el niño varón que tanto deseaban.
Para celebrar el bautizo los soberanos hicieron una gran fiesta, pero olvidaron invitar al hermano menor del rey. Sin embargo él se presentó en medio de la ceremonia y, disimulando su enfado, se acercó al niño y le dijo: - tendrás todo lo que te han concedido tus hados padrinos pero, cuando cumplas dieciséis años, te clavaras con una flecha y entonces desprenderás un mal olor que hará que nadie pueda estar cerca de ti. Luego, desapareció dejando a los reyes muy tristes, pero uno de los hados padrinos, se acercó a consolar a los reyes: -No puedo deshacer todo el hechizo, pero puedo modificarlo; si una joven amable se apiada de él y a pesar de su olor, lo abraza, el hechizo se romperá.
      Pasó el tiempo, el niño creció y se convirtió en un joven amable, inteligente y muy apuesto y hermoso, con ojos verdes esmeralda, piel de canela, pelo rizado y negro como el carbón. Creció con todo el amor de sus padres y súbditos, pero al día siguiente de sus dieciséis cumpleaños, subió a lo más alto de la torre, para ver su hermoso reino desde allí. En un rincón, se encontró con un anciano que tenía en la mano un arco y una flecha. El joven, que jamás había visto un arco y una flecha, pues sus padres habían mandado destruir todos los arcos y flechas del reino cuando él nació, se acercó curioso. El anciano (que no era otro que el hermano del rey disfrazado) le enseñó con gran entusiasmo el manejo del arco y la flecha pero, cuando el joven trato de disparar la flecha por el mismo, ésta se volvió hacia contra él por arte de magia y se le clavó en su hombro. De repente, el mago desapareció y el príncipe empezó a desprender un malísimo olor.
      Desde entonces, nadie podía acercarse a él, ni siquiera sus padres podían resistir el mal olor que desprendía su propio hijo. Él se encerró en lo más alto de la torre y vivió solitario durante mucho tiempo. Una criada le llevaba la comida, dejándola a diez metros de la puerta. Un día, ésta enfermó y fue remplazada por una joven criada que, desde muy pequeña, era huérfana. Estuvo dos años llevando la comida al joven sin haberlo visto nunca. Un día, por casualidad, el joven príncipe se asomó a la puerta justo cuando la chica le iba a poner la comida. El chico se asustó y, avergonzado, se metió para dentro. Esto mismo ocurrió otra vez más y, a la tercera vez, apiadándose de él, se acercó para darle un fuerte abrazo, pero el tufo era tan tremendo, que antes de poder hacerlo cayó fulminada a los pies del chico. El joven, al ver que la única persona que había tenido compasión de él, había muerto a sus pies, horrorizado, cogió carrerilla, abrió la ventana de la torre y se tiró por ella.


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